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ÚRSULA STARKE (San Bernardo, 1983): A los diecisiete años publica su primer libro, Obertura (Maipo Ediciones, 2000). Durante en el año 2001 es publicada en la antología Poesía del Siglo XXI, 23 nuevos Poetas de la Región Metropolitana (Preuniversitario Nacional-Departamento de Cultura de la Secretaría Ministerial Regional de Educación). El año 2002 obtiene la beca de la Fundación Pablo Neruda y gana el primer lugar en el Concurso de Literatura de la Municipalidad de San Bernardo. El 2003 ingresa a la carrera de Licenciatura en Artes mención Teoría e Historia del Arte, en la Universidad de Chile. Participa en el proyecto Oscilación, Poesía + Electrónica (Al Margen Editores, 2004), disco que reúne a jóvenes poetas chilenos con músicos electrónicos. En el 2004 es parte, por unos meses, junto a Alejandro Lavquén, de la conducción del programa literario De puño y Letra en radio Nuevo Mundo. En el 2005 obtiene Mención Especial del Jurado junto al fotógrafo Cristián Ureta por su trabajo conjunto Sinopsis de la ciudad perdida, en la tercera versión del concurso Literarte (Galería Artespacio-Tobacco Chile). Fue co-fundadora y profesora de la Academia de Letras San Bernardo. En el año 2007 publica su libro Ático (Editorial Cuarto Propio). Ha sido incluida en antologías y participado en lecturas, actividades culturales y Ferias de Libro en varias regiones del pais. Aquí presentamos una muestra de poemas de los libros Obertura (2000) y Ático (2007), respectivamente.
De Obertura
Soy
la estúpida enamorada Sueño
con ella La
vida es ácida Grabaré
en su espalda
PECADO
COMUNAL Del
trazo ajeno de mi mano Jamás
probé las amargas calles
FLACA Ahí
viene la flaca No
me alcanza el lápiz
PÁJAROS
Y LA NOCHE Me
mataré, inútilmente, Soy
el hombre más tocado Me
incendié Si
hubieses intentado amarme
SÁBADO Qué
triste es sentir los pies como estropajos Se
me fue desgarrando el alma
LAS
TARDES NO PERDONAN Fuimos
felices El
verano exquisito
VEINTICUATRO Nací
una madrugada de otoño
EL
ENCUENTRO Me
fui
EL
ROJO ATARDECER DE LAS VIDAS Somos generación de almas sin vida.
..........Hijos no deseados Pobres
vástagos Porque
hubo que ser padres,
De Ático
DISCURSO I Eres la niña de los nichos, cambias sangre de tu sangre, ensucias el lugar que tienes en la mesa, arrastras tu orina de la pieza al pasillo y lloriqueas bajito en la esquina grasienta de la cocina. Eres la vieja del cigarro chupado, la gallina hueca, la ruina familiar, la maldición del tatarabuelo, que obligó al cura santiguar el féretro materno con ortigas, porque los brujos habían corrompido su descendencia femenina de vírgenes locas, viudas secas, hijas enfermas. Escuchas el griterío de las arañas, no tocas la fragancia de los claveles, no caminas como cisne afeminado. Eres hielo dentro y dentro, feosa para los padres, que no alcanzan a olfatear la magulladura todavía húmeda que te hicieron sobre la razón y no cumplen su deber genético para merodear tu cabeza como tiuques tardecinos. Avanza la noche con su coreografía patética y tu ahondas en el excremento de la conciencia en desesperada búsqueda de la lucidez que extraviaste, ese bello equilibrio que te conducía al castillo de la vergüenza. Pero ya sabes que tu organismo esta deteriorado, que un gusano de seda se te metió por la oreja y elabora sus tristezas sobre la neurología retrasada de tu nacimiento. Yo sé que me equivoco, pero estás tan sola, tan sola, tan sola.
Una
en mí maté Tengo el sexo abrumado, me falta un brazo en la conciencia, la danza lúgubre de la demencia esconde su pelusa dentro de mi ojo, enfría la saliva hasta el témpano. No soy la fémina de meneo azucarado, tengo el llanto de hombre bajo los pelos, ando tenébrica y fea entre el gentío de bocas secas, me sobran metáforas cadavéricas cuando lavo mis dientes. No soy la hembra fecunda, mi útero quebradizo alberga el tejido mohoso de las arañas, me sale en medio de las piernas un tulipán de estiércol. Se me resbala el perfume de la oreja, los cabellos fermentan caramelo en mi cráneo, las uñas me germinan como alquitrán y no puedo hacer espejos. Y, cuando nací, todos coronaron mi nombre de rocío, me vistieron de princesita sempiterna, labraron en mi pecho las velas católicas de Jesucristo. Era una muñeca de porcelana rellena de rosas secas. Ellos, todos, todos ellos, pensaron que cruzaría el océano en su barquito de papel lustre para ser la dama de sus cuentos de hadas, pero yo nunca creí en sus cuentos de hadas, sabía desde el vientre que traía un pedazo podrido de alma en las venas, sabía que andaría mortecina por las acequias del barrio, que comería hongos azules en invierno y escribiría poemas turbios cuando nadie me viera. No fui la niña de seda, no soy la niña de seda y me duelen estos versos de tanto no ser mujer.
Hay un sol inconsciente y frágil que crece como hongo en mi pie las aves no soportan el olor de mis ojos ellas vuelan sin pudor y son maravillosas son serpentinas entre el invierno y el invierno se va agrietando en la estructura del tiempo la vejez es un estado constante de tristeza es el presente que llevo inconcluso en las rodillas soy una vieja esperanza de cristal roto una vieja sola y hedionda odio los temblores matutinos y tanta droga me bombea vida y no hay otra solución que morirme hasta morir con ellas en mi velador.
El terremoto de lejanas metrallas interrumpe la clemencia nocturna, obliga a la vigilia y otra vez recuerdo que no tengo recuerdo de la muerte en fusil que arrastró por los barrancos hipócritas de injusticia las voces utópicas de los asesinados. Pero este terremoto de metrallas que interrumpe la clemencia nocturna, traspasa mi idónea percepción del sueño y estoy nuevamente encerrada en el ático de la demencia, erosionada a destajo por los motivos de esta enfermedad de atardeceres. Entonces pienso, que las perlas químicas que trago para no morir no sirven para salvarme de este socavón dentado que absorbe mi aborto tardío, cuando debería estar saludando los manoseos de la juventud que no tengo. El terremoto de metrallas interrumpe la clemencia nocturna y no determino un nexo entre morir matado y morir ya muerto.
No
es esta subterránea agonía, es el efecto de las lumínicas
de los autos sobre el vidrio. Tengo una arcada de sufrimiento en el pecho
y el anochecer peregrino no ayuda al anticolapso de mi rabia. El ojo rojo
del cronómetro marca las siete cuatro minutos y la oscuridad de
fosa común orienta mis inclinaciones suicidas hacia el océano
terrorífico que me llega. No voy a morir ultrajada por almejas
y huiros, mi muerte no se parece a las inmolaciones profanas. Soy católica
de nombre y encomendaré mi sangre momentánea a los cristos
del infierno. Será mi devota manera de agradecer la tirantez de
los neurotransmisores pacatos con los que Dios me inventó. Su imagen
su semejanza. La travesía nocturna dentro de este nicho de ruedas
despierta en mi talante dulcineo un aura somnolienta de pánico
y desgracia. Mañana estará nublado. Las gaviotas treparán
los sortilegios del agua, confundirán el mar con la penumbra de
los nubarrones, se comerán unas a otras en el caos otoñal.
El marítimo encuentro espero. Lo macabro de su interminable bamboleo
de olas es el castigo divino para sentirnos infames y terminables. Él
quiso el estertor de aguas profundas para acabar con el sosiego comprimido
de quienes traemos una vela de cementerio en la membrana coronaria, para
quienes salpicamos verbos diabólicos mientras nos acurrucamos en
la hipotérmica del catre. Soy un suspiro de este linaje nocivo,
todavía canto el rosario todas las noches para pedir que mañana
no me asusten las golondrinas y mis hermanos encuentran la vaca con leche
tibia.
Porque el amor inyectado a la vena gravita en mi cerebro como espasmo de felicidad, no quiero morirme aún, Señor, quiero fascinarme más, quebrarme y resbalar como azucena desquiciada. En esta dulzura de verano suicida, Señor, la melancolía es un enjambre de tosco brillo. Y él aparece como ataque epiléptico de pesadumbre y hartazgo, un angelito decaído que sobrehabita en la antagonía de mi presencia aborrecida por las hermanas sectarias, puteada y humillada por meretrices al estilo magdalénico. Me pongo como rosa en agosto y estudio con precaución los movimientos de la lluvia desde que cae hasta que cae. El clásico aparataje de la lluvia es lo que duele de ella. Ella no muere, es constante figura de lo eterno, periódico y horrible. No quiero morirme aún, Señor, debo volver a sus andenes, desprotejida y llorosa, enfriándome el cuello con sus labios de otras épocas que acorralan mi figura bucólica para mantenerme en la blanquecina ignorancia del jadeo, como si fuese yo una figurita de cristal carnoso. Así me ama, Señor, así me enseña el candor de los faroles veraniegos, así limpia su bitácora de crímenes para impregnarse de mi tormento como fraile sometido. Las fotos de años lejanos me viven como nunca, como ya no son. Cumplo mis deberes poéticos y digo.
Martirio de Santa Ágata y su lecho maligno Siglos
ha de ese infierno, la vena sangra sin costra, el sol permanece en el
vacío de dos ojos muertos, la cruz sepulta el gimoteo anglosajón
de la euforia mística y Santa Ágata, virgen de calaveras
y demonios, no encuentra sus pechos arrancados tenaza por tenaza, mientras
brota de su columna un hierro hirviente, estatuaria infantil de la marca
infantil de su permanencia. Cobijada de Cristo en el torreón vidrioso,
tiene el hambre de los perros con sarna, arrastra su figurita de niña
por los suelos pétreos, como enredadera vertiginosa de carne al
aire, cierra sus piernas y su lamento para el Dios incorpóreo que
la ha tocado. Mil quinientas cortesanas la restriegan por el sexo impuro
de los paganos, obedecen la orden de castigo lujurioso al que ha sido
condenada la pálida Ágata por no abandonar el sustento de
los apóstoles. Yo soy cristiana, dice la bella, yo soy enferma
de la luz del resucitado, mi alma no posee otra vertiente que la vida
eterna. Pueden robarme los senos, pueden destruir la tela diáfana
de mi vagina, pueden escupirme el cabello con becerros dorados y pedacitos
de uva, pueden construirme un lecho de espigas de cristal para elevar
mi espíritu como golondrina de hielo rojo, pero no cortarán
la raíz primordial de mi devotismo purpúreo, porque los
ángeles no trafican con sus alucinaciones pecadoras, mi Dios no
engendra la serpiente pútrida de la envidia sectaria, del machismo
ególatra, de la fobia creativa, del minimalismo mental, de la incapacidad
faliforme, de la protuberancia alcohólica, del vómito politizado,
del beso iscariótico, de la sensiblería literaria, del eufemismo
asexuado, del amorío adúltero, de la depresión crónica.
Yo soy Ágata, Santa Ilustre de mi convicción y no beberé
el semen de su idealismo fracturado.
Desarmo
esta prosa de andamiaje precario y encuentro la falta absoluta del picoteo
sustentable. He escrito unos cánticos de feria libre, templados
en el emprendimiento, pero sórdidos e inconsecuentes en su tuétano,
un esqueleto poroso de otros libros, plagio tremendista de quienes supieron
estructurar la desgracia.
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