OMAR LARA:
Poesía sin pausa

Publicada en Punto Final N° 557 (noviembre 21/ 2003)

Fundador y director de la revista Trilce, Omar Lara es además uno de los poetas más importantes de su generación. Nacido en Nueva Imperial ha desarrollado una intensa labor literaria, antes, durante y después de su exilio. Entre sus publicaciones se cuentan "Argumento del día" (1964); "Los buenos días" (1972); "Serpientes" (Lima, 1974); "Oh buenas maneras" (La Habana, 1975); "El viajero imperfecto" (Bucarest, 1978); "Fugar con fuego" (Madrid, 1983); "Fuego de mayo" (1996); "Vida probable" (1999); "Bienvenidas calles de Perú" (2001) y "Voces de Portocaliu" (Ed. U. de Concepción, 2003). Es un gran divulgador de la poesía rumana y ha traducido a Sorescu, Eminescu, Bogza, Naum y Doinas, entre otros. En 1975 recibió el Premio Casa de las Américas y en 1983 la Beca Guggenheim. En 1964 funda el grupo de poesía Trilce y la revista del mismo nombre que dirige hasta hoy, todo un aporte a la divulgación de la literatura, tanto nacional como extranjera. Actualmente está radicado en Concepción, Punto Final conversó con él acerca de su último libro y otros temas.

Después de tantos años de exilio en distintos países ¿Cómo ha sido su reencuentro con Chile? ¿Se siente completamente reinsertado?

A casi 18 años de mi regreso al país, ya no sé qué sentido tienen los conceptos de reencuentro, reinserción. Recuerdo que a los días de salir de Chile rumbo a Lima, no deseaba otra cosa que regresar. En eso estuve todos los años de mi exilio. Pero después, con los años y las experiencias, y las crispaciones y los desencuentros, más recurrentes y visibles que los encuentros, la situación se me hace algo confusa. Tengo muy presente que inmediatamente de pisar suelo chileno quise ver a algunas personas: estuve con Enrique Lihn, fui a saludar y agradecer a Luis Sánchez Latorre, presidente de la SECH en el momento de mi detención y quien más de una gestión hizo a favor de mi libertad y de mi seguridad; quise visitar a alguien que dejé como amigo al momento de mi salida de Valdivia. Me citó a su casa y cuando llegué no había nadie. Así empecé a entender el país: por una parte los valores de siempre, la inteligencia, la fraternidad, el coraje. Por otra, la pequeña mentira, la cobardía moral.

A 30 años del golpe militar ¿Cuál sería su reflexión más profunda?

El golpe continúa, veo yo. Me refiero a sus efectos en tantos ámbitos de la vida y la convivencia nacional. Me refiero a las formas, a la gestualidad, agresiva y punzante. Alguien me dijo en una ocasión: "Qué bien vivíamos cuando vivíamos mal", a propósito de la palabrería que habla del boom económico. Imposible no reparar en el ejercicio tan aberrante y despiadado (hacia las víctimas) de la impunidad y de la soberbia con que la ejercen los victimarios. Causa estupor el cinismo de la derecha más dura cuando da lecciones de ética al país y la visión tristísima de importantes de la concertación que agachan el moño de una manera inexplicable. ¿Inexplicable? A veces, a la luz de ciertas revelaciones no es tan inexplicable. También la comunicación, el lenguaje ha sufrido daños portentosos. Se dice todo, se dice nada. Y conceptos de noble origen que tampoco dicen mucho al final, como mesa de diálogo, reconciliación. ¿Por qué? ¿Cuándo estuvimos conciliados con los asesinos y torturadores?

En su último libro "Voces de Portocaliu" se encuentra una especie de recuento de muchos lugares que lo marcaron en la vida, pero que son uno solo en Portocaliu ¿Es su reencuentro con el país y con el pasado que no volverá?

Portocaliu, esa bella mentira que me dice la verdad (¿quién lo dijo?), es mi refugio privado, mi lar esencial. Tienes toda la razón en eso del "recuento" de muchos lugares: está allí la costanera de Valdivia, los parques de Bucarest, los boliches de Lima. Pero no es el pasado que no volverá, lo construí de las ruinas y de las maravillas del pasado, es cierto, pero siempre falta algo que me lleva inexorablemente al futuro. Portocaliu está en el futuro. Tal vez por eso me fue tan dificultoso el tránsito hacia la letra escrita de esas voces de Portocaliu. Allí recité muchas veces esos versos de Vallejo: "Hoy me gusta la vida mucho menos/ pero siempre me gusta vivir..."

Ya van casi cuarenta años de la fundación de "Trilce" ¿Está conforme con el trabajo realizado hasta la fecha? ¿Cuál ha sido la mayor satisfacción que le ha dado esta publicación?

En Valdivia, en los días de Trilce, se me acercaba un joven que empezaba a escribir y me decía: sabes, Omar, yo soy del Grupo Trilce. Está bien, le decía yo, eres de Trilce. Creo que eso es lo que más me conmueve de nuestra historia: Trilce sin solemnidad, como juego o diálogo sin maestros ni aprendices. Lo que hicimos y a veces todavía hacemos: encuentros, publicaciones, viajes, se nos fue imponiendo con naturalidad, creo que no ha existido en la historia literaria del país un grupo menos formal que el Grupo Trilce. También nos sentíamos parte de una gestión mayor que nos sumaba a los músicos, a los cineastas, a la gente de teatro, a los pintores, en general a la gente de nuestra generación.

El "Grupo Trilce" fue importante dentro de nuestra poesía, lo mismo que su generación ¿Cuál sería, en su opinión, el legado que dejaron a las futuras generaciones? ¿Qué queda de aquellos años?

Trilce era Trilce en 1964, a partir de 1964. No lo concibo surgiendo en otra fecha, en otros tiempos que no sean los tiempos de la utopía y de los sueños latinoamericanos. Eramos un grupo solidario y afectuoso, también crítico, a veces implacablemente crítico, por eso mismo de generosos y afectuosos, pienso yo. En ese espíritu continuamos encontrándonos y abrazándonos, amparándonos. Lo único que suscribiría sin reservas, además de ese modo de vernos y ungirnos en la amistad, es la tentación, la necesidad de los sueños. Pero eso no es un legado de Trilce, es el legado de esos tiempos y de una generación. En lo literario no se me ocurriría pensar siquiera que hemos sido hacedores de un legado ni menos que lo hemos dejado a generaciones futuras.

En Concepción, como en otras ciudades del sur, existe una intensa actividad literaria, pero quizá un tanto desconocida en el resto del país a nivel de público masivo ¿Qué falta en Chile para que exista mayor comunicación literaria entre las regiones?

Falta no creernos tanto el cuento. Falta tener la lucidez, la generosidad y la audacia de mirarnos como compañeros de juego y no como competidores. Conocernos mejor. Escucharnos y leernos. Las revistas literarias no han pasado de moda, los encuentros y recitales, tampoco. La relación amistosa o fraterna, menos. Lamentablemente tendemos a atomizarnos al máximo. En Concepción mismo no hay la suficiente comunicación entre los escritores, y así debe ocurrir en todas las ciudades. Entonces, si no vemos al vecino, ¿cómo vamos a reparar en el individuo más allá de nuestras fronteras?

¿Qué le parece la gestión de la Sech en este aspecto? ¿Representa de algún modo a los escritores de provincia?

No participo en la Sech, de modo que no podría entregar una opinión rigurosa y responsable. Siento, eso sí, el mayor respeto por quienes entregan su tiempo y su talento para salvaguardar los intereses de sus pares, tarea bastante ardua y a veces ingrata, casi siempre incomprendida.

El diario "La Nación" publicó un reportaje titulado "Mafia de las letras", donde se denuncia la corrupción en los concursos literarios y como los jurados premian a sus amigos en vez de premiar los trabajos de calidad. ¿Qué opinión le merece esto? ¿Cree que sean ciertas las afirmaciones de dicho reportaje?

Leí ese reportaje, que me hizo recordar el mito del parto de los montes. El título, sensacionalista y polémico, prometía bastante más de lo que entregó. Si lo que denuncia ese reportaje es la mafia de las letras chilenas, significaría que estamos viviendo en un país de ángeles. Si hay mafia, habría que buscar otros espacios, se me ocurre. Es cierto que hay actitudes, conductas, datos, arreglines, que provocan mucha rabia, rencor, desánimo y, sobre todo, cansancio. ¿Pero mafia, mafia? Mafia es la de los editores piratas, allí hay mafia. Una beca por aquí o por allá, algún premio menor, una croniquita sobre un libro volandero o una gacetilla sobre un autor olvidable me parecen cuestiones absolutamente menores. Eso no es mafia. Eso es chiquillería, pendejadas, un incidente de mal gusto.

Pasando otro tema, usted a traducido a varios poetas rumanos ¿Cómo ha sido la recepción del público con ese trabajo? ¿Le interesa al lector chileno la poesía de otras latitudes?

Además de Rumanía, donde se editaron una quincena de libros de poesía traducidos al español, mis versiones se han difundido mayoritariamente en España, donde uno de los más intensos y originales poetas rumanos, Marin Sorescu, fue incluido en los catálogos de Visor e Hiperión. En Chile se han difundido en una escala menor, de modo que no podría cuantificar el interés que esos libros han despertado en el público, aunque tengo referencias recurrentes de lectores que me sorprenden con citas o alusiones a esos textos. Si bien estoy muy cerca y muy comprometido con esa labor difusora, debo señalar que ese entusiasmo es coherente con la altísima calidad de la poesía de este país balcánico. Hay nombres –como Lucian Blaga, Tudor Arghezi, S. Augustin Doinas, Ion Caraion, Geo Bogza, Nichita Stanescu, el mismo recién citado Marin Sorescu, entre otros muchos- que más temprano que tarde tendrán, estoy seguro, un lugar significativo en la atención de los lectores más exigentes de nuestro país. Porque sí es exigente y muestra una gran atracción y curiosidad por la poesía proveniente de otras latitudes.

Finalmente ¿Cómo evalúa usted la gestión del Gobierno en el plano cultural? Se lo pregunto sobre todo respecto a las regiones.

Debo reconocer cierto escepticismo en mi visión de una gestión cultural que se propone y articula desde arriba. Pero es un escepticismo que con la mayor felicidad tiraría a la basura si me convenzo o me convencen que se trata de una propuesta que nos necesita a todos quienes estamos en la lucha –bastante desigual- de oponernos a la chabacanería y a la oligofrenia que domina los medios de comunicación masiva.

ALEJANDRO LAVQUEN

 

LA ESTACIÓN SEDIENTA

(Del libro "Voces de Portocaliu")

En la estación sedienta las murallas

cuelgan de los clavos del sol

lejos de la humedad del bosque soñado

donde soñé tenderme donde

soñé

que todo era posible

donde dormí con la mano llena de semillas

y en la boca

una brizna de hierba.

Pero los pájaros que vagan en las nubes

no tienen voz ni alma

y las manos del mendigo tiemblan en vano

mientras los sollozos de los afligidos

se ahogan en el sórdido ruido

de las cajas registradoras.