|
ANTONIA
TORRES (Valdivia, 1975): Es Poeta y Periodista. Entre sus premios
y reconocimientos literarios, se destaca el Primer lugar en el concurso
nacional de poesía joven Sociedad de Escritores de Chile-Concepción,
el año 1992. Su poesía se encuentra antologada en “Poesía
para el siglo XXI. 25 poetas, 25 años”, DIBAM, Santiago,
1996; “Antología de la Poesía Joven Chilena. Poesía
de fin de siglo”, Editorial Universitaria, Santiago, 1999; “Poetas
Jóvenes Chilenos”, Ediciones LAR, Concepción, 1998;
entre otros. En 1999, coordina el proyecto “Primer Concurso Nacional
de Poesía Joven Enrique Lihn”, financiado por el Consejo
Nacional del Libro y la Lectura. En 1999 publica su libro de poesía
“Las Estaciones Aéreas”, (Ediciones Barba de Palo,
Valdivia, 1999). En marzo del 2001 obtiene una "Mención Honrosa”
en el “Primer Concurso Nacional para Poetas Jóvenes Armando
Rubio Huidobro”, organizado en el marco del Encuentro Internacional
de Poesía “Chilepoesía”. Recientemente obtuvo
el Primer Premio del Concurso Regional de Literatura "Luis Oyarzún"
de la Secretaría Ministerial de Educación-Región
de Los Lagos. En virtud de éste último premio se encuentra
próximo a aparecer su libro de poesía "Orillas de Tránsito".
De
"Las Estaciones Aéreas" (Valdivia, 1999)
No
es de la fosforescente rama de abedul
de donde cuelga la imagen
ni está en el resto de café en el fondo de la taza,
ni en el humo de cigarro al final de la fiesta
ni tampoco en su sabroso olor entre mis dedos.
apenas
si se puede contener la tentación de escribr sobre una fotografía,
imagen desteñida de una memoria mecánica,
cuando todo es imagen qué se puede decir;
mejor es amarrar la barca a la orilla de esta página
mientras las confusas instantáneas de la realidad
den vueltas y vueltas como un disco en el pick-up
desprendiéndose de toda palabra innecesaria
toda metáfora de más:
y ya en la orilla, sólo el abedul,
su fosforescente rama
para observar el cielo.
De
"Orillas de Tránsito" (Puerto Montt, 2003)
Pláticas
.....................I
Nuestra
conversación se vuelve
una sala de cine vaciándose lentamente
al terminar la película que nos deja inmóviles
mientras el acomodador nos mira ansioso
apurando la cháchara y el pasillo.
El
espacio en blanco que media entre tu taza y la mía
(o entre un extremo y otro de la cama)
es un vacío, un silencio, un no-lugar
de esos que en las ciudades acumulan hiedra,
basura
o crímenes.
.....................II
Guardamos
conversaciones
en
cajas de cartón
selladas y empolvadas bajo las camas,
entre nuestras ropas y en el desván.
Como
el amante que guarda los recuerdos de la amada
(pinches, caracoles marinos, piedras, cartas y semillas;
tristes testimonios fotografías del pasado)
en una caja de zapatos como ataúd:
el rito del entierro es el mismo.
.......................III
Todo
aquello que se barre bajo la alfombra (Carrasco dixit)
en el poema,
acumula polvo de odio, polvo de letras, polvo de muerte.
Finalmente,
de todo ese polvo está hecha nuestra plática:
la mudez de lo dicho,
la gran proclama del silencio.
año cero
destilamos
el día
entre ramas de mañío, canelo, coigües
el siglo que se iba en un hilillo de luz
destilamos
un acto de alquimia en medio del silencio cavado
entre el moribundo calor de la tarde y la construcción del sendero
destilamos
la última gota de un año seco que fue a parar a la fogata
junto con los desaciertos de la biografía personal
ascendimos
destilando en las camisetas el rencor acumulado
vimos caer el último sol en mil años y bajamos con linternas
para hallar el destino
oler
el polvo, el suelo, besar sus piedras
hurgando, husmeando levantarle el tejido al día
recorrer sus cisuras, soplar entre sus rendijas,
estarse quietito allí,
como dormido,
para alzar -de pronto- la vista del libro
y asegurarse de que ya no moriremos esa noche
(conociendo,
lamiéndolo todo
la existencia un día más, sólo uno)
atrás
la ciudad azul
destilaba gota a gota el atardecer que escurría junto al miedo
de bajar –más tarde- por el túnel.
furtivos saltos, carrera de asesinos perseguidos por linternas y perros
apurar
el relato como el paso para espantar los muertos del siglo que,
ahora,
agónico,
sólo goteaba
alcanzar
el campo que cruzamos imprecisos como a la memoria
cuyos senderos escogemos arbitrariamente para alcanzar el campamento
-el frenético sonido de la hierba rozándonos las piernas-
y,
al fin,
el nicho perfecto,
el nido horizontal donde deslizar el sueño
y el amargo champagne copando el aliento
la ilusión de despertar en cero, cero y
cero.
AMPARO
...................I
atado
a la umbilical certeza
de la gravedad a la que burla
flotando,
como un Midas,
cuarenta días y cuarenta noches
pero en semanas
esa
misma que lo amarra al tiempo
como al centro de la tierra
obligado a mirarse el ombligo
detenido,
se escarba el cuerpo
para encontrar vetas, minerales,
tesoros
.....................II
así
como absorbe el tiempo por una pajita
alimenta la memoria de acuosos días,
reserva
ilimitada de mineral
con que encenderá la caldera subterránea
a donde van a parar
los residuos de la propia biografía
cabellos, uñas, células,
restos para avivar el fuego de la existencia
..............III
y el día traía agua,
lluvia o sudor,
agua
desde el amanecer tibio entre las piernas
hasta casi medianoche; como en el cuento
goteaba
la espera, casi dolor,
casi fuerza
con
el más hermoso beso
alimento tu labio al besar mi pecho
con el beso más buscado
dibujas mi cara
yo la tuya
como los enamorados.
Patios
oscuros
breves tragaluces en que el sol apenas
alcanza en su oblicuidad
a entibiar la hiedra que sepulta
la fugaz niñez, recuerdo
allí,
entre inusitado pasto y lápidas
jugamos a las bolitas o pedaleamos casi
una bicicleta que apenas se sostenía en pie
entre un extremo y otro del territorio.
Patios
traseros,
o laterales,
una de las siete maravillas del mundo antiguo
cuyos jardines colgantes desafiábamos
con la mira de un juguete
ensayo precoz de las sucesivas muertes
que enfrentaríamos afuera
Patios
breves,
sombríos aleros de la casa de Dios,
la nuestra o la del vecino
tres cuartos de cemento y uno de prado
la mágica proporción del tedio.
Como en un ring,
cada esquina es un aliento en donde crecen
pequeñas flores, heroicos brotes de resistencia vegetal.
Algo
de terror habita en estos patios,
la noche que sube en sus cañones, sube al sueño
las preguntas que cuelgan de sus jardines
tal vez el día entero colgado de la verja
de pronto, el ladrido de los perros que nos ata al presente.
Sorprende
el tránsito por esta zona oscura
en la que el sol ilumina a destellos
(igual que en mi memoria)
los rincones húmedos que habitan caracoles,
musgos y chinitas.
Un
muro lavado por la lluvia
ahuyenta a los intrusos.
El
surco anaranjado que dibuja el zinc en el suelo
es plano o trazado para cualquier juego de saltos y números
(lo mismo que afuera)
luche o rayuela,
seis, cinco,
descanso,
cuatro, tres,
descanso,
dos y uno:
la cuenta regresiva
para entrar al cielo.
.................................................A
Jorge
La provincia europea evapora su jornada
en gruesos telares de bruma,
telón de fondo para la prematura muerte del día.
Más allá,
la gran ciudad hierve entre copas y animadas charlas de mesón.
Somos
unos viejos campesinos alemanes
bajando las persianas al frío y al mundo,
que encienden sus lámparas de combustible
abrigan sus soledades,
los poemas que humean precoces a la noche.
¿Hacia
dónde escapa la tarde de este hemisferio?
Lejos,
al otro lado del mar, manos y pies taladrados
puedes contar todos tus huesos,
mientras nosotros, nos sorteamos tu túnica.
La heredad no es sólo materia, la casa de mi niñez y tus
talismanes:
a cada uno toca también su porción de dolor,
su cuota de odio.
Me
reservo, junto al hermano menor que ya no duerme.
el beso de plata que sella tu muerte
los dos vástagos de tu maltratado tronco
únicos testigos y concelebrantes en esta temprana cena
el beso final, el adiós, la imagen religiosa bajo tu pecho
soplo los últimos secretos en tu oído hueco,
el hijo desenreda la hiedra de tus dedos
que se graban en los míos
un padrenuestro ahogado,
entre hipos,
y mis disculpas por no llegar a tiempo.
¿Hacia
dónde escurre la tarde en tu hemisferio?
Los antiguos inmigrantes
traían consigo las herramientas para reproducir el pueblo natal.
En el viaje inverso me acompañan
los elementos del álbum familiar: el equeco de la historia.
La boda de los padres cuando caía el verano
para así no olvidar el origen;
la ciudad azul, magnífica,
el día que enterramos el siglo;
el nacimiento de nuestra hija;
los amigos, las madres, infinitas en su espera,
la muerte presentida y tu expirar profundo
que me despierta a sobresaltos,
a medio camino entre tu cama y un aeropuerto europeo.
¿Hacia
dónde ascienden los sueños del hemisferio?
La
foto reproduce una tarde feliz:
el río entre niños y perros.
Una pobre orilla de playa a la que nos obligaba
el verano en la ciudad y su desierto.
La remota niñez se sumerge
junto a las oxidadas formas de un Valdivia entrevisto
entre pesados fierros y memoria.
La inmersión en las aguas de lo antiguo
cuando te creía nadador experto
de un oscuro río que oculta, aún hoy, el sonido de la muerte.
El incendio convoca a los curiosos en medio de la noche
como la llama de algún aniversario oficial
o zancudos al pabilo de la muerte.
La
premonición nos despierta de un mal sueño,
para llevarnos a otro que transcurre a metros de la ventana.
La
tarde anterior
entrevimos el caserón abandonado
entre pasto y las lápidas del tiempo
y discutimos acerca del inexorable transcurso de la voz
sus campanadas perentorias
llamando al centro cívico y sus rituales.
La
noche atrozmente iluminada por la belleza de una hoguera
que silencia un testigo de las vanidades de otrora
(al lado, el río comunitario que nos ata al siglo y sus luces,
pasa como un ahogado pensativo, flotando,
asido al lomo de la historia).
La
escena es atemporal
como pudo ser cien años atrás,
quienes celebran, los mismos,
en camisón y pantuflas, bruscamente iluminados,
husmeando entre el carbón y las cenizas,
buscando alguna pista, algún signo:
la truculenta forma de las llamas,
el azaroso trazado de las tablas en el suelo,
los restos humeantes del desastre
cuya mojada fórmula enrarece el aire
para interpretar así, entre todos, el vaticinio.
|